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Semblanzas docentes ECCC: Carlos Sandoval, el profe de todos

Parte de la serie mensual para conocer a los docentes de la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva

Santiago Mora Rivas| Santiago.morarivas@ucr.ac.cr
Avistente Unidad Comunicación

¿Quién no ha recibido clases con Carlos Sandoval? Es complicado imaginar la Escuela sin él, ya que es docente desde 1986. La mayoría de los profesores de comunicación fueron alumnos de él y los próximos docentes también están recibiendo su conocimiento.

Cuando tenía unos doce años, veía a su padre llegar cubierto de polvo de construcción. No lo sabía entonces, pero ese hombre de manos encallecidas le estaba dibujando el mapa de toda su carrera académica. Hoy, con casi 62 años, este investigador costarricense graba un mensaje de voz desde un McDonald’s en Ciudad de Guatemala —aprovechando el wifi gratuito entre café y gestión universitaria— y cuenta su vida con la misma cadencia pausada con que parece haber vivido: sin apuro, pero sin perder el hilo.

Creció en Paraíso de Cartago, comunidad semirural donde la escuela y el colegio estaban al alcance, pero la orientación vocacional no. Quiso ser ingeniero civil —por su padre—, luego psicólogo —no pasó el test—, después abogado —no hizo el trámite a tiempo—. Terminó en Comunicación casi por descarte. Con los años descubrió que era el campo exacto donde todo lo demás encajaba.

«Para quienes no tenemos parientes en la universidad ni acceso a preparación, el examen de admisión era como que te tiraran a nadar en una piscina honda sin haberte metido a una piscina en la vida.»

En 1988 presentó su tesis de licenciatura sobre comunicación alternativa —»hoy lo llamaríamos nuevas narrativas», aclara con la perspectiva de casi cuatro décadas. En 1991 consiguió una beca para la maestría: el plan era Brasil, pero sin internet y con cartas lentas, terminó en el ITESO, la universidad jesuita de Guadalajara. Allí estudió cómo los grupos sociales absorben o rechazan los elementos de la cultura mediática. Su tesis —sobre trabajadores de la construcción y mujeres de maquiladoras— ganó el primer premio nacional de posgrado en comunicación en México en 1993. Se publicó como libro bajo el título Sueños o soledades en la vida cotidiana.

Fue en ese trabajo de campo mexicano donde el destino académico se definió del todo. Entre sus entrevistados había trabajadores salvadoreños y nicaragüenses en la construcción. Hombres que habían llegado primero a la zafra de la caña en Guanacaste y luego habían bajado a San José. «Ellos me dejaron ese tema», dice. Desde 1992, la migración centroamericana —y los imaginarios que genera— se convirtió en el eje de su obra.

Doctorado

Universidad de Birmingham, Inglaterra — bajo la influencia de los estudios culturales de Stuart Hall

Regreso a Costa Rica

Finales del año 2000 — lleva 26 años vinculado a la Universidad de Costa Rica

Libros destacados

Otros amenazantes · Fuera de juego · La dignidad vale mucho · No más muros

Próximo proyecto

Libro panorámico sobre migraciones centroamericanas — Routledge / Taylor & Francis, previsto para 2028

El doctorado lo hizo en Birmingham, en el seno de la tradición de los estudios culturales que Stuart Hall había transformado. Volvió en el año 2000. Desde entonces no ha parado: clases en la Escuela de Comunicación, investigación en el Instituto de Ciencias Sociales, trabajo de campo en La Carpio —donde colaboró en la apertura de un colegio y la construcción de una escuela—, investigaciones con mujeres migrantes, un libro sobre fútbol (Fuera de juego, que cumple 20 años), un documental titulado Casa en tierra ajena, y la coordinación del Doctorado en Ciencias Sociales sobre América Central.

Fuera de la academia, es padre de tres hijos —el mayor cerca de terminar microbiología, la del medio en química, el menor aún en primaria—, cuida a su madre de 90 años, vive en San Ramón de Tres Ríos donde ha descubierto la agroecología, y recorre caminos en bicicleta para mantener controlada una hipertensión que, dice, de otro modo sería difícil de manejar. Le gustan los lápices de trazo preciso, los cuadernos con puntos, y hacer cálculos mentales de cosas —vestigio, quizás, de aquella vocación de físico que el colegio nunca supo despertar.

Siente señales de cansancio —sobre todo de la carga administrativa universitaria— y admite que la jubilación ya no está tan lejos. Pero no hay urgencia en su voz. Todavía tiene un libro por escribir, una edición en español por gestionar, y una tarde en Guatemala donde el café y la conexión a internet hacen posible, desde un McDonald’s, contar cuarenta años de vida académica en quince minutos.






































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