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Santiago Mora Rivas| santiago.morarivas@ucr.ac.cr
Asistente Unidad de Comunicación
Antes de cumplir cinco años, ya escuchaba a su abuela leerle cuentos de Oscar Wilde y poemas de Lord Byron, sin adaptarlos para un niño pequeño. Esa misma abuela, una de las primeras mujeres en estudiar en la Universidad de Costa Rica, profesora de inglés y pintora, le enseñó dos idiomas a la vez y lo dejaba pasar horas en su taller de arte. Hoy, convertido en uno de los docentes con los que la mayoría del estudiantado de Comunicación tiene su primer encuentro con la teoría, Rodrigo Muñoz recuerda esa infancia como el origen silencioso de todo lo que vendría después.
Casi todos en su familia estudiaron Derecho. Él, en cambio, creció entre libros de semiótica y estudios de audiencias, una obsesión que empezó a los 18 años y que costeaba con horas estudiante y horas asistente. Desde que entró a la universidad, supo que su vocación era la investigación, algo que entonces todavía resultaba extraño dentro de la Escuela.
Antes de la academia, hubo otro sueño: el fútbol. Jugó en Liga Menor con La Fuerza, pero al nacer en diciembre de 1991 siempre era el más pequeño de su categoría. Entre eso y el talento, el fútbol quedó atrás y la niñez y la adolescencia transcurrieron, como él mismo dice, «entre libros, explorando mis intereses».
Maestría en Helsinki
Su formación de posgrado empezó con una beca gestionada entre la Escuela y la Oficina de Asuntos Internacionales de la UCR. Eligió Finlandia por curiosidad hacia los países nórdicos: quería experimentar una socialdemocracia y estudiar en una universidad centenaria, la Universidad de Helsinki, fundada en 1640. Vivió allí dos años, desde 2015, en plena época dorada del cine de superhéroes. Retomando el trabajo que Umberto Eco había hecho en los sesenta sobre los valores ideológicos de estos personajes, analizó cómo esa carga simbólica había cambiado décadas después. La maestría terminó empujándolo hacia el análisis textual, literario y hasta la teología.
Doctorado en la LSE
El siguiente paso fue un sueño que arrastraba desde primer año: la London School of Economics, en el Departamento de Media and Communications, fundado por Roger Silverstone y con figuras como Sonia Livingstone entre su planta docente. La tasa de admisión ronda el 6% u 8%. Pensó en no aplicar, pero terminó haciéndolo, y una semana después recibió un correo de Livingstone para entrevistarlo. Años después le preguntó por qué lo había aceptado, y ella le respondió que era, de todas las personas entrevistadas ese año, quien más había leído sobre semiótica y estudios de audiencias.
«Yo genuinamente sufro dar clases. Hago un esfuerzo enorme a la hora de ponerme al frente de un grupo de personas. No solo no le doy el 100%, sino que le doy como el 200% de todo mi ser.»
De esa etapa conserva a Livingstone como mentora, amiga y crítica, además de a Nick Couldry y Lilie Chouliaraki, sus codirectores de tesis, con quienes todavía habla. El primer año en Londres trabajaba jornadas de doce horas, sin tiempo casi ni para cocinar. Su tesis fue un análisis de audiencias de Stranger Things, para entender cómo se construye en Costa Rica una nostalgia por un país y una época que las personas jóvenes nunca vivieron. El trabajo de campo, de cinco meses y prácticamente de tiempo completo, se hizo en un colegio privado de Alajuela y en un colegio técnico de La Carpio. El resultado se publicó como libro, Young People, Media, Nostalgia, con la editorial británica Routledge, y gracias al apoyo del SICOM se tradujo y publicó también en español.
Regreso a la Escuela
Al volver, temía convertirse en una especie de profesor Snape: dar un curso mientras deseaba dar otro. No fue así. Le ofrecieron Trayectorias y Tendencias, un curso de teoría que calza con algo que viene haciendo desde los 18 años.
Desde entonces no ha dejado de investigar. Volvió primero sobre cambio climático, luego sobre cómo las personas viven el sistema de transporte costarricense como una experiencia social y comunicativa, proyecto que está terminando. Lo siguiente será explorar cómo personas con creencias religiosas, tanto usuarias comunes como líderes religiosos, usan la inteligencia artificial generativa para darle sentido a su fe. Aunque a primera vista parezcan temas dispersos —de una serie de streaming al tráfico y de ahí a la inteligencia artificial—, él insiste en que comparten un mismo hilo: la interpretación, la forma en que las personas construyen sentido sobre su relación con el mundo.
Docencia, ansiedad y balance
Se describe como una persona ansiosa, y esa ansiedad es justamente la que lo lleva a prepararse al extremo antes de cada clase, hasta terminar agotado, «en el buen sentido», después de dar todo lo que tenía que dar. Sabe también que el sistema socioeconómico costarricense no favorece un balance real entre vida universitaria y personal, algo que, recuerda, señalan estudios como los de la OCDE. Le tomó años, ya siendo profesor, entender que sus propios docentes también eran personas con vidas y luchas que rara vez se ven desde un pupitre.
Fuera del aula, su pasatiempo es la cultura clásica. Si no hubiera estudiado ciencias sociales, se habría dedicado a filología clásica: lleva varios años estudiando latín con un tutor, tres veces por semana, y ya empieza a adentrarse en el griego antiguo. Dice que su idioma base sigue siendo el inglés, pero que el latín se le va metiendo cada vez más en la cabeza.
Sobre lo que viene, habla de seguir con su gran proyecto sobre la interpretación en América Latina y de colaborar en la reforma curricular del próximo plan de estudios de la Escuela. Para él, la academia es una relación que tiene que estar en constante cambio, porque de lo contrario se vuelve tóxica. Esa idea, dice, es la que trata de sostener siempre: estar atento a lo que necesitan las personas estudiantes, lo que pide el campo académico, lo que exige el contexto, y a esa meta última de formar seres humanos desde una perspectiva humanista.






